Más que palomas.
La escalera fue creada el 1 de Mayo de 1937, y desde entonces, decenas de campaneros han pasado por ellas para hacerlas resonar.
Ante la imponencia de los muros de cantera, entre el transcurso del tiempo y el paso de los transeúntes, se encuentran detrás de una arcaica y desgastada puerta de madera que oculta celosamente a aquellas que resuenan y dictan el paso de la vida cotidiana a los moradores del pueblo.
¿Qué hay detrás de esa carcomida puerta? Más que un misterio, un enigma.
Es ahí, precisamente un lugar tan ignorado que poco interés representa para la sociedad actual, pues la tecnología ha desplazado la necesidad de ellas que están siempre en las alturas donde solo palomas las contemplan, siempre presentes para entonar su melodía y con ello dictar el tiempo.
Aún con poca luz, la magia se hace presente en forma de caracol para guiar por un estrecho sendero hacia la vista más privilegiada de la ciudad.
La ruta parece interminable, entre oscuridad y humedad se hace presente el paso de las palomas que inquietas han dejado algunas marcas, de entre pequeñas ventanas entra la luz cada vez más escaza que implanta un sentimiento de curiosidad hasta llegar al primer plano donde día a día el campanero cumple con su magistral deber de dar vida a ellas a través de tersas y robustas cuerdas, pues la evolución ha pedido que algunas viejas técnicas se actualicen para mantener esta costumbre que aunque poco presente es inevitable no deleitarse con el dulce tintinar de tan bella armonía que viaja por el viento hasta los más lejanos lugares, solo para recordar que están vigentes.
Desde este punto puede apreciarse la magnífica imagen de la arquitectura del Ex convento de San Agustín, que antaño fue el principal centro religioso de la región, hoy en día se aprecia el altar principal de esta iglesia.
Las escaleras continúan cada vez más gloriosas hasta que la luz entra de golpe; parece que la puerta del paraíso ha sido abierta para los mortales, entre piedras, cantera y estructuras se haya la morada de esas centenarias e imponentes guardianas del tiempo. Cada una lleva un nombre que ha sido diluido por el paso del tiempo.
Las hay de todos tamaños, una de ella se encuentra en descanso, pues un rayo la ha hecho caer en un profundo sueño y yace postrada en pedazos al lado de sus hermanas.
Sobre el deber, se encuentra la misión que se funde con la alegría, la esperanza y la armonía en una larga cuerda que inquieta su garganta para con su canto, despertar a los pobladores indicando un nuevo comienzo. Cada una tiene su turno y se tocan magistralmente al ritmo del tiempo.
Aliado de estas se presenta el reloj que no permite la faya en este mecanismo, y que en sus gigantescas paredes cuenta miles de historias de los antepasados que en alguna época atacaron el edificio con fechas y hondas para defender sus creencias y territorios, sin embargo es ahora una magna obra que cuenta este suceso con las cicatrices que lograron implantar sobre la cantera.
Desde las alturas solo ellas acompañadas de las palomas y de su fiel campanero contemplan la ciudad como nadie más.
La magia de un pueblo se encuentra en también en las alturas, donde la luz escasa ante objetos que son olvidados y que no sucumben a los cambios de la gente.
Más que palomas, en las alturas también hay campanas.
María Guadalupe Castro Contreras.


